Washington declara terroristas a Brasil: ¿geopolítica o presión legítima?
Cuando Washington toma la decisión de clasificar a organizaciones criminales como entidades terroristas, raramente se trata solo de un acto administrativo. La reciente inclusión de dos de los principales cárteles brasileños en esa categoría ha encendido las alarmas en Brasilia, generando una reacción que revela tensiones más profundas en la relación bilateral y, más ampliamente, en cómo Occidente interpreta el crimen organizado latinoamericano.
El Comando Vermelho y el Primeiro Comando da Capital representan mucho más que simples organizaciones delictivas. Son potencias fácticas que controlan territorios, gestionan economías paralelas y, en algunos casos, ejercen funciones de orden público en regiones donde el Estado brasileño ha cedido presencia. Su influencia atraviesa décadas de historia carcelaria brasileña, transformándose en estructuras casi institucionales dentro del sistema penitenciario nacional.
Pero aquí está el quid de la cuestión: la reacción del gobierno Lula sugiere que esta clasificación se interpreta menos como una evaluación técnica sobre actividades terroristas y más como una interferencia en asuntos internos brasileños. Y no sin razón. La designación terrorista acarrea consecuencias que van mucho más allá de la semántica: congela activos, impide transacciones financieras internacionales, facilita extradiciones y, fundamentalmente, permite a Washington ejercer presión sobre gobiernos a través de sanciones secundarias.
El fantasma del intervencionismo
Brasil, como potencia regional con pretensiones de liderazgo en América Latina, ve en esta medida un patrón familiar: la imposición de criterios estadounidenses sobre cómo otros países deben clasificar y enfrentar sus propias amenazas. La Historia no deja lugar a dudas sobre cómo Washington ha utilizado listas de terrorismo como herramientas geopolíticas, especialmente hacia gobiernos que desafían su agenda.
Sin embargo, también existe el lado incómodo que Brasilia prefiere minimizar: estos grupos han cometido actos que por cualquier definición razonable constituyen terrorismo. Masacres en cárceles, ataques coordinados contra infraestructura pública, coerción mediante violencia indiscriminada. En 2006, el PCC orquestó una ola de violencia en São Paulo que paralizó la ciudad durante días. El CV ha operado redes de tráfico que trascienden fronteras continentales.
La paradoja es incómoda: ambos lados tienen argumentos válidos. Estados Unidos identifica correctamente actividades terroristas, pero lo hace con una carga política que despierta legítimas sospechas sobre sus motivaciones. Brasil, por su parte, tiene razón en resistir presiones externas, pero corre el riesgo de proteger su soberanía a costa de minimizar amenazas reales a su seguridad ciudadana.
Lo que está realmente en juego
Más allá del conflicto diplomático, esta designación expone una falla estructural en cómo América Latina enfrenta el crimen organizado trasnacional. Mientras gobiernos luchan entre sí por jurisdicción y soberanía, los cárteles operan con una fluidez que ningún Estado ha logrado replicar. Estos grupos evolucionan más rápido que la burocracia estatal, se adaptan a cada cambio de política y, lo más preocupante, gobiernan donde el Estado no llega.
La pregunta real no es si estos grupos merecen estar en una lista terrorista. La pregunta es por qué Brasil no ha logrado desarrollar instituciones suficientemente fuertes para resolver este problema sin necesidad de la mediación estadounidense. ¿Por qué la cárcel sigue siendo una escuela de crimen en lugar de un lugar de reinserción? ¿Por qué el sistema de justicia permite que líderes de organizaciones criminales sigan dando órdenes desde las penitenciarías?
Lula tiene razón en desconfiar de Washington, pero también tiene la responsabilidad de enfrentar de frente una realidad que ningún discurso nacionalista puede disolver: Brasil tiene un problema de seguridad de dimensiones terroristas, independientemente de quién lo nombre así.
El camino adelante
La verdadera soberanía no consiste en rechazar etiquetas foráneas, sino en tener la capacidad de resolver los propios problemas. Mientras Brasil continue dependiendo de designaciones externas para validar su lucha contra la criminalidad, seguirá siendo vulnerable a estas tensiones diplomáticas.
Lo que se necesita es un enfoque brasileño genuino: investigación penal sofisticada, reforma penitenciaria profunda, y estrategias de inteligencia que no requieran validación internacional. Solo entonces podrá Brasilia confrontar a Washington desde una posición de verdadera autonomía, no solo de resistencia.
Información basada en reportes de: Elconfidencial.com