El fantasma que acecha a Guatemala
Hay un patrón que se repite en América Latina con la precisión de una pesadilla recurrente. Comienza con promesas de cambio, continúa con el debilitamiento de instituciones clave y termina con la concentración del poder en manos de líderes que desmantelan los frenos democráticos. Venezuela lo vivió. Nicaragua lo experimentó. Bolivia lo sufrió. Ahora, mientras Guatemala transita su primer año y medio bajo una administración que llegó con discurso reformista, es legítimo preguntarse si la región está condenada a repetir sus propias tragedias.
La pregunta no es académica ni ociosa. Es urgente. Y es incómoda precisamente porque implica que quizás no aprendimos nada, que las advertencias históricas que rodean nuestro continente fueron ignoradas, que en algún momento decidimos que «aquí es diferente» sin tener evidencia sólida para creerlo.
Los síntomas que reconocemos
El deterioro democrático rara vez llega como un golpe de estado anunciado. Llega como una serie de decisiones que parecen justificadas en el momento: el debilitamiento de organismos de control, el hostigamiento de periodistas y activistas, el cuestionamiento sistemático de la legitimidad de instituciones incómodas, la polarización deliberada que divide a la ciudadanía entre «nosotros» y «enemigos de la patria».
Guatemala exhibe varias de estas señales. La interferencia en procesos judiciales, el distanciamiento de organismos anticorrupción internacionales, la tensión creciente con la comunidad diplomática, el discurso que presenta a críticos y opositores como traidores: estos no son síntomas nuevos en la región. Los hemos visto antes. Y sabemos cómo terminan.
Lo que distingue a Guatemala es que aún hay tiempo. A diferencia de otros países donde el colapso institucional fue lento pero inevitable una vez iniciado, Guatemala está en un momento donde las decisiones aún importan, donde la presión ciudadana y internacional aún puede ejercer peso, donde el retroceso no es inevitable sino probable.
Por qué «aquí es diferente» es una mentira peligrosa
Cada sociedad que ha enfrentado este dilema ha creído que sus circunstancias eran especiales, que sus instituciones eran más fuertes, que su gente era más consciente. Y cada una ha aprendido, demasiado tarde, que el autoritarismo no respeta las particularidades nacionales. Usa el mismo manual. Habla el mismo idioma. Toca los mismos sentimientos.
Guatemala no es Venezuela, eso es cierto. Pero tampoco es inmune a los mecanismos que han funcionado en otras latitudes. La corrupción, la desigualdad, la frustración ciudadana con las élites tradicionales, la búsqueda de un salvador que «rompa el sistema»: estos son ingredientes que existen aquí como en cualquier lugar.
La responsabilidad que nos incumbe
Reconocer el riesgo no es pesimismo. Es lucidez. Y la lucidez exige acción. Significa exigir transparencia a quienes gobiernan. Significa defender públicamente a instituciones que son incómodas pero necesarias. Significa apoyar a periodistas y activistas cuando son perseguidos. Significa mantener la atención cuando las noticias dejan de ser emocionantes.
Guatemala tiene la oportunidad de ser la excepción, el país que vio el espejo de sus vecinos y decidió no entrar por esa puerta. Pero para eso, primero debe reconocer que está ante esa puerta. Y debe estar dispuesta a pagar el costo político de mantenerla cerrada.
La pregunta incómoda no es solo si Guatemala repetirá el guion. Es si los guatemaltecos, habiéndolo visto en la región, tendrán la voluntad de escribir uno diferente.
Información basada en reportes de: Republica.com