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México revela el ancestro más antiguo del ajolote: una ventana a ecosistemas perdidos

Investigadores de la UNAM hallan una nueva especie fósil que reescribe la historia evolutiva de estos anfibios únicos de Mesoamérica.
México revela el ancestro más antiguo del ajolote: una ventana a ecosistemas perdidos

Un hallazgo que remonta siglos de historia biológica

En las entrañas de Hidalgo, entre capas de roca que guardan secretos de millones de años, científicos mexicanos acaban de desenterrar evidencia de una rama ancestral del ajolote que desafía los registros previos sobre estos anfibios emblemáticos. El descubrimiento, formalizado por investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), documenta una especie fósil denominada Ambystoma quetzalcoatli, hallada en depósitos sedimentarios de Santa María Amajac.

Lo que distingue este hallazgo como excepcional en los círculos científicos es la calidad de preservación de los ejemplares: esqueletos completos y articulados, un estado de conservación extraordinariamente raro en el registro fósil de vertebrados. Mientras que la mayoría de fósiles de anfibios llegan fragmentados a los laboratorios, estos restos proporcionan una anatomía íntegra que permite a los paleontólogos reconstruir con precisión cómo eran estos organismos hace millones de años.

Reescribiendo la cronología evolutiva de Mesoamérica

El ajolote —palabra náhuatl que significa «criatura del agua»— es una criatura única en el planeta. Su existencia está ligada profundamente a México, particularmente a los antiguos sistemas lacustres del Valle de México. Lo que ahora sabemos es que su linaje es mucho más profundo en el tiempo de lo que la ciencia había documentado anteriormente.

Este descubrimiento implica que los ecosistemas acuáticos de Mesoamérica fueron cuna de diversidad biológica sofisticada durante períodos geológicos que solo podíamos imaginar. El lago desaparecido donde Ambystoma quetzalcoatli nadaba fue hogar de una fauna completamente distinta a la que existe hoy, revelando cómo nuestro continente ha sido transformado por dinámicas climáticas y geológicas a escala temporal casi inimaginable.

Un espejo de fragilidad ecológica presente

Para Latinoamérica, especialmente para México, este hallazgo adquiere una dimensión urgente. Mientras celebramos el descubrimiento de un ancestro perdido, enfrentamos la realidad de que especies modernas relacionadas están al borde de la extinción. El ajolote actual, Ambystoma mexicanum, está prácticamente extinguido en su hábitat silvestre natural. Los últimos refugios de población silvestre se concentran en remanentes cada vez más reducidos de cuerpos de agua en el Valle de México.

La desecación sistemática de lagos y humedales mexicanos —consecuencia de urbanización, agricultura intensiva y cambio climático— ha arrinconado a estos anfibios a fragmentos cada vez más pequeños de su territorio ancestral. Hemos conocido la profundidad del pasado evolutivo del ajolote justo cuando estamos perdiendo su presente.

Lo que los fósiles nos dicen sobre el futuro

Los paleontólogos de la UNAM están estudiando no solo la anatomía de Ambystoma quetzalcoatli, sino también las capas geológicas que la rodean. Estos contextos sedimentarios actúan como archivo climático: cuentan historias de variabilidad ambiental pasada, de períodos de sequía y abundancia acuática, de cómo los ecosistemas respondieron a cambios climáticos naturales.

En un momento en que México y toda Latinoamérica enfrentan desafíos sin precedentes de escasez de agua, cambio en patrones de lluvia y degradación acelerada de humedales, comprender cómo nuestros ecosistemas evolucionaron bajo presiones ambientales pasadas ofrece lecciones potenciales. Los fósiles no son reliquias muertas; son testimonios vivos de resiliencia y adaptación.

Conservación desde el pasado

Este hallazgo en Hidalgo subraya por qué la preservación de sitios paleontológicos y la inversión en investigación de historia natural son actos de conservación en sí mismos. Cada especie fósil documentada amplía nuestro entendimiento de cómo funcionan los sistemas biológicos a largo plazo. Ambystoma quetzalcoatli nos dice que estos anfibios son supervivientes; que su linaje ha perdurado transformaciones geológicas enormes.

Sin embargo, la supervivencia en la escala de millones de años no garantiza protección contra cambios antropogénicos concentrados en décadas. Los investigadores de la UNAM que describen este nuevo ancestro son los mismos que, en muchos casos, trabajan en programas de reproducción y conservación del ajolote vivo, en una carrera contra el tiempo para evitar que la última rama viviente de este árbol evolutivo desaparezca.

El mensaje del registro fósil es claro: las historias de la vida en Latinoamérica son historias de profundidad temporal extraordinaria. Merecen ser protegidas, estudiadas y respetadas no como curiosidades del pasado, sino como guías para cómo debemos actuar hoy.

Información basada en reportes de: Gizmodo.com

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