La tragedia de Texcoco: cuando la fe se convirtió en sentencia de muerte
El 30 de noviembre de 1539 marcó uno de los momentos más oscuros de la historia colonial mexicana. En el tianguis de San Hipólito, frente al mercado de la Ciudad de México, fueron ejecutados Don Carlos Ometochtzin Chichimecatecutli, señor de Texcoco y nieto del legendario Nezahualcóyotl, junto con cinco caciques más y una mujer noble. Su crimen: mantener prácticas religiosas de sus antepasados, a pesar de haber sido bautizados.
Este acto de violencia no fue obra de la justicia civil española únicamente. Detrás de la ejecución estaba el aparato inquisitorial de Nueva España, encabezado por Fray Juan de Zumarraga, Obispo de México, quien actuaba simultáneamente como Inquisidor Apostólico. Don Carlos sería la única persona de noble rango quemada viva por la Inquisición en toda la Nueva España, un triste récord que refleja la ferocidad del proceso.
Las acusaciones que sellaron un destino
Las acusaciones contra Don Carlos fueron múltiples y graves: idolatría, poligamia, sacrificios humanos y guardar ídolos en su casa. Aunque estas prácticas eran herencia de la cosmovisión mexica, la Iglesia las consideraba incompatibles con la fe cristiana, sin importar que el noble indígena ya hubiera recibido el bautismo.
Lo que hace más complejo este caso es que Zumarraga no actuó solo. Para examinar al señor de Texcoco y determinar sus supuestas herejías, el Obispo se apoyó en dos frailes de la Orden de Santo Domingo de Guzmán: Fray Domingo de Betanzos, fundador de Santo Domingo de México, y Fray Vicente de Santa María, prior de Texcoco. Ambos eran teólogos y calificadores de la Inquisición que, a diferencia de Zumarraga, sí dominaban el náhuatl y la teología inquisitorial.
Los dominicos examinaron a Don Carlos, declararon sus prácticas religiosas como herejía y recomendaron la sentencia de muerte. Zumarraga firmó la condena. El proceso refleja la debilidad del Obispo franciscano en materia inquisitorial: no hablaba la lengua local ni poseía formación teológica profunda, por lo que dependía de los dominicos para ejecutar sus funciones.
Texcoco bajo el control dominico
El contexto institucional es fundamental para entender por qué Texcoco fue escogida como escenario para este macabro ejemplo. Entre 1535 y 1543, la Inquisición en Nueva España dependía del Obispo Zumarraga, pero los dominicos eran sus teólogos y calificadores. Texcoco era la cabecera de la jurisdicción dominica en la región, desde donde controlaban también Acolman, Teotihuacán y Otumba.
El auto de fe de 1539 no fue un acto aislado, sino una demostración de fuerza de los dominicos en su territorio. La ejecución pública de la nobleza indígena buscaba intimidar a la población y consolidar el control religioso sobre los pueblos originarios.
Las víctimas olvidadas
Además de Don Carlos Ometochtzin, fueron ejecutados Don Alonzo Ixtlixochitl, Don Pedro Xiconocatzin, Don Hernando Tlacatecatl, Don Juan Tlaltecatzin, Don Miguel Ahuiliztli y Doña Inés. Los últimos cinco fueron acusados de encubridores de las prácticas religiosas de Don Carlos.
Estos nombres, registrados en documentos históricos como el Códice de Tlatelolco (manuscrito de Glasgow del siglo XVI), representan a las élites texcocanas cuya vida fue arrebatada en nombre de la conversión religiosa.
Protesta y consecuencias
No todos en la estructura eclesiástica aprobaron la ejecución. El Padre Motolinia protestó públicamente, argumentando que quemar a un señor bautizado espantaría a los pueblos originarios y dificultaría la evangelización. Su voz fue una de las pocas que se levantó contra la brutalidad del acto, pero llegó demasiado tarde.
El auto de fe de Texcoco quedó registrado en la historia como un ejemplo extremo de cómo la intolerancia religiosa y el poder colonial se combinaron para eliminar a la resistencia indígena disfrazada de justicia divina.