La apuesta española por una IA «descolonizada»
Mientras Washington y Pekín se disputan la supremacía en inteligencia artificial con recursos casi ilimitados, Madrid está tanteando un terreno que pocos se atreven a pisar: la posibilidad de una tercera vía. El Gobierno español ha comenzado a tejer acuerdos con Canadá y Brasil, con intenciones de incorporar a México e India al proyecto. La narrativa es tentadora: una alianza de «potencias medias» que desarrolle tecnología de IA sin depender de los gigantes tecnológicos estadounidenses ni de la arquitectura estatal china.
Pero antes de celebrar esta supuesta revolución democrática de la IA, conviene hacer preguntas incómodas. ¿Realmente existe espacio geopolítico para una tercera opción? ¿O estamos ante un ejercicio de wishful thinking que, aunque bien intencionado, ignora las dinámicas de poder ya consolidadas?
El monopolio de facto que nadie quiere nombrar
Hace una década, hablar de que dos potencias dominarían la IA parecía ciencia ficción. Hoy es realidad. Estados Unidos controla las plataformas más avanzadas (OpenAI, Google DeepMind, Meta), el talento investigador concentrado en Silicon Valley y la mayoría de startups de alto impacto. China ha construido un modelo estatal robusto con Alibaba, Tencent y Baidu, respaldado por inversión pública masiva y acceso sin restricciones a datos de su población.
España, por el contrario, no tiene ni ChatGPT ni modelo equivalente. Tampoco Brasil. Ni Canadá, aunque este último cuente con excelentes universidades y talento disperso. Lo que sí tienen todos estos países es una cosa: mercados de consumidores, datos potenciales, y la incómoda realidad de estar compitiendo en un juego donde las reglas ya fueron escritas por otros.
¿Qué busca realmente esta alianza?
El Gobierno español presenta esto como una defensa de la soberanía tecnológica. Literalmente, la idea de no ser simplemente consumidores pasivos de tecnología estadounidense o expuestos a sistemas de vigilancia chinos. En el contexto latinoamericano, especialmente para Brasil y México, esto resuena más profundamente: históricamente, estos países han sido laboratorios de prueba para tecnologías experimentales sin consentimiento informado ni regulación adecuada.
Sin embargo, los acuerdos reales probablemente sean más modestos. No se trata de crear el «ChatGPT europeo», sino de coordinar estándares regulatorios, compartir research, y tal vez construir capacidades computacionales regionales que eviten la dependencia total. Es más realista, pero también menos revolucionario que el marketing gubernamental sugiere.
El problema del dinero y la escala
Aquí está el meollo: entrenar modelos de IA de vanguardia cuesta cientos de millones de dólares. Requiere acceso a chips (controlados por taiwaneses, estadounidenses y holandeses), talento en escasez global, y datos masivos. España gastó en 2023 aproximadamente 700 millones en I+D en TIC. OpenAI ha recaudado más de 10 mil millones solo en inversión privada. La escala simplemente no es comparable.
Brasil y México tienen presupuestos similares o menores. Incluso sumados, una alianza España-Brasil-Canadá-México-India seguiría siendo una fracción de lo que invierten los actores dominantes. A menos que haya un compromiso real de financiamiento público europeo sostenido (algo que la austeridad presupuestaria hace difícil), esto será más declarativo que transformador.
¿Y si funciona a medias?
Lo interesante no es el escenario de «éxito total» (poco probable), sino los intermedios. Una coordinación regulatoria real entre estos países podría establecer estándares éticos más robustos. Una compartición de datos y investigación podría acelerar desarrollos en nichos específicos. Latinoamérica podría negociar desde una posición menos vulnerable si presenta demandas tecnológicas unificadas.
Brasil, históricamente activo en políticas de software libre y datos, tiene experiencias valiosas que compartir. México goza de proximidad con el mercado estadounidense pero también aspiraciones de autonomía. Canadá tiene talento tecnológico subutilizado. Juntos podrían ser algo más que la suma de sus partes, aunque nunca rivales directos de los hegemones.
El escepticismo está justificado, pero no es fatal
La Historia nos enseña que las coaliciones de «potencias medias» funcionan mejor en defensa (crear estándares que limiten a los gigantes) que en ofensiva (crear alternativas propias desde cero). La Unión Europea ya tiene su estrategia de IA y regulación; estos otros actores podrían aprender de esa experiencia, no replicarla.
Lo que realmente importa es si esta alianza produce regulación armonizada, fondos de inversión reales y, en el caso latinoamericano, protección contra el uso abusivo de IA en vigilancia y control social. Si lo hace, aunque nunca cree el «OpenAI alternativo», habrá valido la pena. Si es solo ruido diplomático, quedará en el olvido en dos años.
Por ahora, es una apuesta interesante en un tablero dominado. Pero todos sabemos cómo funciona el ajedrez cuando no tienes los mejores jugadores: juegas la mejor defensa posible y esperas un error del rival. Que nadie confunda eso con ganar.
Información basada en reportes de: Eldiario.es