El aro de pelota prehispánico que Amecameca olvidó
En el corazón del jardín municipal de Amecameca reposa una piedra circular de más de 400 kilos que cuenta una historia silenciosa de resistencia cultural. Se trata del Tlachtemalacatl, un aro de pelota prehispánico que posiblemente data del Clásico Tardío (250-600 D.C.), aunque algunos historiadores lo ubican en el Posclásico Tardío (1200-1521). Pese a su importancia arqueológica y simbólica, la mayoría de los originarios del municipio desconoce su existencia y el significado profundo que encierra.
Una piedra sagrada con múltiples significados
El aro no es simplemente un objeto de juego. Sus relieves revelan una cosmología compleja: una figura antropomorfa con cuerpo y piernas que abrazan el círculo, rodeadas por una banda de chalchihuites (cuentas de jade) que representan el agua preciosa, la sangre y la fertilidad. Un corazón sagrado grabado junto al orificio sugiere culto a Venus Matutina y Vespertina.
Los petroglifos del Nahui Ollin —cuatro aspas que simbolizan «Cuatro Movimiento»— indican que los antiguos habitantes creían que la pelota mantenía el mundo en movimiento. Cuando la pelota pasaba por el agujero, se creía que Quetzalcóatl renacía y el sol vencía la noche.
Como lo expresaría posteriormente la sabiduría indígena: «Este aro es la puerta del cielo. La pelota es el Sol. La figura antropomorfa cuida que el Sol renazca. Los chalchihuites son la lluvia y la sangre que pagamos para que siga lloviendo».
Los guardianes invisibles de la memoria
Desde la llegada de los primeros pobladores —los Totolimpanecas— hasta la conquista española, el juego de pelota fue central en la vida ritual de Amecameca. Pero cuando los frailes franciscanos llegaron en 1565, los gobernantes que aún veneraban a las deidades prehispánicas tomaron una decisión crucial: esconder los aros.
Los alcaldes indígenas se convirtieron en custodios silenciosos no solo del juego, sino de deidades como Tláloc y Chalchiuihtle, asociadas al agua. Para la Inquisición, el aro era «una piedra abominable». Para los alcaldes, era la memoria encarnada de su pueblo.
Enfrentamientos con el poder colonial
El caso de Don Martín de la Cruz es emblemático. En el barrio de Tlaylotlacan, los jóvenes continuaban jugando a la pelota en el día de San Juan siguiendo «usanza antigua». Fray Domingo de la Asunción, doctrinero de Amecameca, denunció al alcalde ante la Inquisición acusándolo de idolatría y posibles sacrificios humanos.
La defensa del alcalde fue notable: «Es verdad que en mi barrio hay un Tlachtemalacatl de piedra, pero no se usaba para la idolatría, sino para la memoria de los antiguos habitantes. Los mancebos juegan ahí el día de San Juan porque es costumbre desde tiempos inmemoriales, y no hay sangre ni sacrificio, sólo juego de pelota». La Inquisición respondió mandando enterrar los aros «donde no sean hallados» y multó al alcalde con 10 pesos.
Otro alcalde, Don Juan Bautista de Amecameca, utilizó el aro de pelota como título de propiedad en un pleito contra la Hacienda de Tomacoco. Su argumento fue poderoso: las tierras del «Tlachco Viejo» pertenecían a la comunidad desde tiempos inmemoriales, y la presencia del aro enterrado con figuras de serpientes lo probaba. En 1856, la Real Audiencia falló a favor de los naturales, reconociendo que el Tlachco seguía siendo comunal.
En otra ocasión, Don Pedro de Santiago fue acusado de sacar «un ídolo redondo con un hoyo» para realizar ceremonias y pedir lluvia durante una sequía. Su defensa fue que solo limpiaba la piedra del juego antiguo de la plaza, como se hacía cada año en víspera de Corpus Christi. Cuando cayó una granizada que destruyó las cosechas de las haciendas, el alcalde atribuyó el fenómeno a la voluntad de Dios, no a la piedra.
Redescubrimiento y legado
El aro permaneció enterrado hasta que fue descubierto a principios del siglo XX, probablemente en la Hacienda de Tomacoco donde lo custodiaba Don Pedro de San Pablo. Hoy descansa en el jardín municipal sobre una base octagonal, siendo uno de solo dos aros de pelota prehispánicos que subsisten en la región —el otro se encuentra en la Casa de Cultura de Atlautla—.
Actualmente, historiadores como José Alberto Zea Domínguez trabajan en iniciativas como «Encuentro con la Historia» para que las nuevas generaciones conozcan estos monumentos olvidados y se sientan orgullosas de su legado ancestral. El aro de Amecameca espera, silencioso, a que alguien finalmente lo mire y comprenda el mensaje que los alcaldes indígenas protegieron durante cinco siglos: que la piedra no era un ídolo abominable, sino la memoria viviente de un pueblo.