Cuando la historia se convierte en confrontación política
En las últimas semanas, un acto protocolar en Madrid ha vuelto a encender el debate que nunca realmente se apagó en América Latina: cómo recordamos, interpretamos y honramos a las figuras del período de conquista y colonización. La participación de la máxima autoridad madrileña en un evento dedicado a Hernán Cortés no es un simple gesto de nostalgia histórica, sino que toca fibras profundas sobre identidad, poder y la manera en que los pueblos originarios han sido representados—o mejor dicho, silenciados—en la narrativa oficial.
Desde México hasta Perú, desde comunidades indígenas urbanas hasta rurales, la reacción ha sido de rechazo. Para millones de latinoamericanos, Cortés no es una figura neutra del pasado. Es el símbolo de una violencia sistemática que desmanteló civilizaciones complejas, erradicó lenguas ancestrales y estableció un orden racial que persiste hasta hoy. Cuando gobiernos europeos insisten en celebrar a conquistadores, muchos sienten que se les está diciendo que su dolor no importa, que la destrucción de sus mundos fue un acto digno de veneración.
El contexto iberoamericano que no se puede ignorar
Este episodio ocurre en un momento particular de las relaciones entre España y sus antiguas colonias. Ha habido en años recientes un intento de «deshielo» diplomático, conversaciones sobre perdón, reconocimiento y reparación histórica. Sin embargo, gestos como este parecen ir en dirección contraria. Representan una visión que persiste en ciertos sectores europeos: la de ver la conquista como una empresa heroica, una expansión civilizatoria inevitable, más que como lo que fue para millones: un cataclismo.
En México, donde Cortés dejó una marca indeleble en la historia nacional, la noticia generó movilizaciones. Organizaciones de pueblos originarios, académicos y ciudadanía en general cuestionaron por qué en 2024 seguimos legitimando narrativas que minimalizan genocidios. Porque eso es, en esencia, de lo que hablamos: de cifras que algunos historiadores estiman en millones de muertes, entre combate, hambre y enfermedades traídas por los europeos.
La lucha por reescribir la historia desde las víctimas
Durante siglos, la historia fue escrita por los vencedores. Los libros de texto españoles e hispanoamericanos tradicionales presentaban a Cortés como un aventurero valiente, un estratega brillante. Rara vez mencionaban a Moctezuma II como un gobernante sofisticado que enfrentaba una crisis nunca antes vista. Nunca explicaban el horror de la «Noche Triste». Nunca humanizaban a los miles que murieron en Tenochtitlán.
Afortunadamente, en las últimas décadas, historiadores, intelectuales y comunidades indígenas han trabajado incansablemente por recuperar sus propias narrativas. Desde perspectivas como la decolonial, se cuestiona el eurocentrismo inherente a estas versiones oficiales. Se rescatan códices prehispánicos, se revitalizan lenguas indígenas, se documentan cosmologías y conocimientos que sobrevivieron la colonización. Este trabajo es fundamental para sanar heridas colectivas.
¿Qué significa honrar la complejidad histórica?
No se trata de borrar la historia ni de caer en una simplificación inversa. Los procesos históricos son complejos. Existían tensiones internas en Mesoamérica antes de 1519. Cortés operaba en un contexto de política internacional europea brutal. Pero reconocer la complejidad no significa glorificar al conquistador. Significa entender su rol en un proceso de conquista que tuvo consecuencias devastadoras para pueblos enteros.
Un acercamiento más sensible sería el de gobiernos como el portugués, que en años recientes ha impulsado iniciativas de memoria compartida que reconocen tanto logros como atrocidades. O el de instituciones que han optado por presentar a estas figuras históricas en su contexto completo: sus hazañas militares, sí, pero también la esclavitud que promovieron, los tributos que extorsionaron, la evangelización forzada que implementaron.
El presente en el pasado
Lo que sucede en Madrid tiene implicaciones reales para comunidades indígenas hoy. En 2024, indígenas en México, Guatemala, Perú y otros países siguen enfrentando discriminación, acceso desigual a educación y servicios de salud, despojo de tierras. Cuando líderes políticos celebran a conquistadores sin mención a estas realidades persistentes, envían un mensaje claro: el orden colonial sigue siendo válido.
Por eso estas protestas no son «exageradas» ni «anacrónicas». Son actos de dignidad. Son formas de decir: «Nuestra historia importa. Nuestros ancestros importan. Y no permitiremos que su memoria sea secuestrada para legitimar injusticias presentes».
El camino hacia adelante no es el olvido, sino una confrontación honesta con el pasado. Una que reconozca heroísmo donde existió, pero también horror donde ocurrió. Una historia escrita no solo por conquistadores, sino por los conquistados también.
Información basada en reportes de: La Nacion