Cuando la ciencia se encuentra con las decisiones energéticas
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo convocó recientemente a las principales instituciones de educación superior del país para conformar un colectivo de expertos que evaluará la viabilidad de extraer recursos energéticos mediante técnicas de fracturación hidráulica. Esta decisión coloca a la UNAM, la UAM y el IPN en una posición que revela tensiones profundas en la política energética mexicana contemporánea.
La iniciativa refleja una estrategia gubernamental que busca legitimarse a través del prestigio académico. Al convocar a diecisiete investigadores de reconocida trayectoria, se pretende otorgar rigor científico a una discusión que ha permanecido polarizada durante años. Sin embargo, esta apuesta plantea interrogantes fundamentales sobre el papel que deben jugar nuestras universidades públicas en decisiones con implicaciones ambientales de largo plazo.
El contexto energético que no podemos ignorar
México enfrenta un panorama complejo. Por un lado, la demanda eléctrica crece con la industrialización; por el otro, los compromisos climáticos internacionales nos obligan a transitar hacia fuentes renovables. El fracturado panorama energético nacional muestra una dependencia preocupante de combustibles fósiles que representa aproximadamente el 75% de la matriz energética actual.
El fracking, o fracturación hidráulica, se presenta como una solución inmediata pero con costos ambientales significativos. Esta técnica requiere grandes volúmenes de agua, genera potencial contaminación de acuíferos y está asociada a sismicidad inducida. En contextos como el de Tamaulipas y Coahuila, donde existen yacimientos de gas de esquisto, las comunidades locales han expresado preocupaciones legítimas sobre la sostenibilidad de estas operaciones.
El rol de las universidades públicas en encrucijadas decisorias
Cuando se solicita a instituciones académicas que validen o analicen políticas energéticas de esta magnitud, emerge una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto la universidad puede mantener su independencia crítica cuando participa en ejercicios de legitimación gubernamental?
La historia latinoamericana ofrece lecciones valiosas. En Perú y Bolivia, la exploración de recursos no convencionales ha generado conflictividad social considerable. Argentina, con sus operaciones de shale gas en Vaca Muerta, ha enfrentado dilemas similares entre necesidad energética y preocupaciones ambientales. Estas experiencias muestran que un análisis académico responsable debe incluir no solo viabilidad técnica y económica, sino también impactos socioambientales e impactos en territorios indígenas.
Lo que el análisis técnico no puede eludir
Un verdadero ejercicio académico debe confrontar preguntas incómodas. ¿Cuáles serían los costos reales en tratamiento de agua? ¿Qué ocurriría con comunidades rurales en zonas de explotación? ¿Cuántos empleos genuinos se crearían versus empleos temporales? ¿Cómo se comparan estos beneficios con la inversión en energías renovables que también generan ocupación?
México posee un potencial eólico y solar que sigue subutilizado. Mientras el país invierte en exploración de gas no convencional, países como Costa Rica generan más del 99% de su electricidad desde fuentes limpias. Esta brecha no es accidental; refleja decisiones políticas sobre en qué tecnologías invertir.
Hacia una Universidad pública más comprehensiva
Las instituciones convocadas tienen la oportunidad de realizar un análisis que trascienda el tecniscismo. Esto significa incluir perspectivas de ecología política, sociología ambiental e historia. Significa dialogar con comunidades afectadas, no solo analizar datos en laboratorios.
La UNAM, UAM e IPN poseen recursos intelectuales para este tipo de análisis multidimensional. Sus investigadores pueden contribuir a clarificar costos reales, beneficiarios concretos y alternativas viables. Esa es su responsabilidad social.
Esperanza en el rigor académico
Aunque la convocatoria puede percibirse como un intento de legitimación política, existe posibilidad genuina de que este ejercicio genere conocimiento público valioso. Un análisis académico honesto sobre fracking podría revelar que existen rutas energéticas más eficientes, más justas y más sustentables que las que actualmente se persiguen.
La verdadera excelencia universitaria no consiste en validar decisiones ya tomadas, sino en contribuir al esclarecimiento de opciones complejas. Que las universidades públicas mexicanas asuman plenamente este desafío, con toda su complejidad y sus implicaciones, es lo que el futuro energético del país requiere.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx