La paradoja de la unanimidad
Hay momentos en la política internacional donde las diferencias ideológicas, los conflictos comerciales y las rivalidades geopolíticas parecen suspenderse. El reciente atentado contra un candidato presidencial estadounidense fue uno de ellos. Desde Washington hasta Madrid, desde Jerusalén hasta Bruselas, líderes de espectros políticos radicalmente opuestos emitieron mensajes de solidaridad y rechazo a la violencia.
Esta unanimidad, aparentemente tranquilizadora, invita a una reflexión más profunda. ¿Realmente estamos ante un consenso genuino sobre los valores democráticos, o asistimos a un teatro político donde las declaraciones públicas responden más a conveniencias diplomáticas que a convicciones compartidas?
El fondo incómodo de la solidaridad selectiva
Lo que llama la atención no es tanto que líderes condenem la violencia —nadie en su sano juicio la justifica públicamente—, sino que esta condena sea reservada únicamente para ciertos contextos. Durante años hemos visto cómo la comunidad internacional tolera, minimiza o ignora actos de violencia política en otras geografías. Atentados en Latinoamérica, conflictos en Medio Oriente, represiones en Asia: la uniformidad en el reproche varía notablemente según quién sea la víctima y dónde ocurra el hecho.
Esto no significa negar que el atentado merezca condena. La merece absolutamente. Pero sí invita a cuestionar por qué necesitamos que un magnate estadounidense sea atacado en suelo norteamericano para que los líderes globales recuerden, de pronto, sus principios fundamentales.
Latinoamérica en la conversación global
Para quienes vivimos en la región, esta escena tiene un sabor agridulce. Latinoamérica ha sido escenario de violencia política sistemática durante décadas. Asesinatos de candidatos, amenazas contra políticos, intentos de golpes de Estado: la lista es extensa y documentada. Sin embargo, rara vez generamos la misma cobertura internacional o las declaraciones tan inmediatas de solidaridad.
Esto señala una jerarquía tácita en el sistema internacional donde algunos países y algunos líderes merecen más protección simbólica que otros. Cuando la violencia política toca a potencias establecidas, el mundo reacciona con alarma. Cuando ocurre en nuestras democracias, a menudo se considera un problema regional, casi una excentricidad política de «republiquetas inestables».
La violencia nunca es el camino, pero el camino tampoco es claro
La frase que repitieron mandatarios de izquierda y derecha —«la violencia nunca es el camino»— es cierta, pero incompleta. Naturalmente, la violencia no es un método legítimo de acción política en democracias establecidas. Pero esta declaración también conviene a quienes detestan verse desafiados en sus posiciones de poder.
¿Qué sucede cuando los caminos institucionales están bloqueados? ¿Cuando la represión del Estado contra movimientos pacíficos genera muertes y desapariciones? ¿Cuando la corrupción sistemática ahoga las esperanzas de cambio democrático? La respuesta no es la violencia política, ciertamente. Pero tampoco es suficiente predicar pasividad ante injusticias estructurales.
Una oportunidad desperdiciada
La unanimidad global ante el atentado podría haber servido como punto de partida para una reflexión sincera sobre cómo proteger la democracia en todas partes, no solo en los países ricos. Pudo haber sido ocasión para que líderes mundiales se comprometieran públicamente a defender candidatos y políticos amenazados en toda América Latina, Asia y África con la misma contundencia.
En cambio, el momento probablemente se disipará en declaraciones olvidables, la máquina mediática se reorientará hacia otros temas, y la desigualdad en cómo el mundo trata la violencia política seguirá intacta.
Lo que permanece
Lo relevante aquí no es si los líderes mundiales condenan genuinamente o no el atentado. Sin duda lo hacen. Lo que importa es reconocer que su indignación selectiva refleja un sistema internacional donde los principios democráticos tienen precios variables según la geografía y el poder de quién los defiende.
Tal vez el verdadero test de solidaridad internacional llegará cuando la próxima crisis política amenace a un país sin tanto peso geopolítico. Entonces sabremos si la unanimidad es principio o conveniencia.
Información basada en reportes de: Elespanol.com