El engaño en el pasillo de los ultraprocesados
Cada vez que entras a un supermercado en México, las etiquetas de los productos parecen prometer salud y transparencia. «Cero grasas trans», «sin grasas saturadas», «producto light». Pero detrás de esas letras blancas sobre fondo de colores atractivos, existe una realidad que afecta silenciosamente la salud de millones de mexicanos: la industria alimentaria está incumpliendo la ley.
Investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública realizaron un análisis exhaustivo que pone el dedo en la llaga. Al examinar veinte categorías distintas de alimentos procesados, descubrieron que al menos una cuarta parte de ellos contiene niveles significativamente elevados de grasas trans, esas sustancias que los gobiernos y organizaciones de salud mundial han catalogado como perjudiciales para el corazón y las arterias.
Lo preocupante no es solo el hallazgo en sí, sino lo que representa: un incumplimiento sistemático de las normativas que México tiene establecidas desde hace años. La regulación existe, pero parece que para ciertos sectores de la industria, las reglas son meras sugerencias.
Cuando las etiquetas mienten sin decir nada falso
Aquí radica la astucia del asunto. Las empresas no necesariamente mienten descaradamente en sus empaques. Utilizan una loophole legal que permite redondear cifras hacia abajo cuando el contenido de grasas trans es muy pequeño. Si un producto contiene menos de 0.5 gramos por porción, según la ley, pueden declararlo como cero. Suena técnico, pero tiene consecuencias reales: cuando consumes múltiples porciones en un día, ese supuesto «cero» se convierte en cantidades preocupantes.
Este mecanismo de redondeo, conocido internacionalmente, no es una falla sino una característica del sistema regulatorio actual. Mientras que países como Dinamarca y Nueva York han prohibido prácticamente las grasas trans industriales, México mantiene un umbral más permisivo que deja vulnerables a los consumidores más desprotegidos.
¿Quiénes son los más expuestos?
No todos los mexicanos tienen las mismas opciones a la hora de comprar. Para las familias de ingresos bajos, los alimentos ultraprocesados representan una opción económica accesible. Son productos que duran más tiempo en la despensa, que no requieren refrigeración inmediata y que caben en presupuestos ajustados. Son también, frecuentemente, los más cargados de grasas trans.
Cuando la industria ignora las regulaciones sanitarias, está tomando una decisión consciente sobre quién pagará el precio. No son los ejecutivos de las grandes corporativas quienes sufren infartos a los 45 años; son trabajadores, amas de casa, pensionados y niños cuyas familias no tuvieron opción de mejor alternativa.
Un problema que va más allá de las etiquetas
Este hallazgo se inserta en un contexto más amplio de crisis sanitaria en América Latina. México lidia con tasas de sobrepeso y obesidad entre las más altas del mundo. La diabetes tipo 2 se ha convertido en una de las principales causas de muerte. Las enfermedades cardiovasculares avanzan imparables. Las grasas trans son solo una pieza del rompecabezas, pero una pieza que la industria sigue colocando deliberadamente cuando tiene alternativas.
Lo irónico es que tecnológicamente es posible producir alimentos sin grasas trans. Las empresas lo saben. Muchas lo hacen en sus líneas dirigidas a mercados europeos donde la regulación es más estricta. Aquí, donde la vigilancia es más laxa, la tentación de mantener procesos más baratos y fórmulas que ya funcionan es mayor que el incentivo para cambiar.
¿Qué falta en la cadena de responsabilidad?
La responsabilidad recae en múltiples actores. La industria tiene el poder de reformular sus productos mañana mismo si así lo decidiera. Las autoridades sanitarias deberían tener capacidad de auditoría y sanción real, no solo declarativa. Los medios de comunicación tenemos la responsabilidad de documentar estas prácticas. Y los consumidores, aunque no deberían cargar todo el peso de la responsabilidad individual, necesitan información clara y honesta para tomar decisiones.
Un llamado a la acción pública
Mientras escribimos esto, miles de personas están comprando alimentos en supermercados mexicanos confiando en que lo que dice la etiqueta es verdad. Algunos de ellos tendrán consecuencias en su salud en los próximos años: obstrucción arterial, presión alta, inflamación crónica. Todo prevenible si la cadena funcionara con integridad.
La pregunta no es técnica sino política: ¿Está el Estado dispuesto a hacer cumplir sus propias leyes? ¿La industria alimentaria está dispuesta a anteponer la salud pública al margen de ganancia? ¿Los consumidores estamos dispuestos a exigir cambios reales?
Mientras tanto, en el pasillo de los ultraprocesados, las etiquetas sonríen desde el anaquel, ocultando verdades incómodas que nuestras arterias conocen muy bien.
Información basada en reportes de: Xataka.com.mx