La ilusión de la paz institucionalizada
Cuando se creó la Sociedad de las Naciones en 1919, el mundo respiró esperanzado. Finalmente, pensaron muchos, teníamos un mecanismo para evitar que la barbarie de la Primera Guerra Mundial volviera a repetirse. Casi una década después, la Organización de las Naciones Unidas retomó esa promesa con renovado entusiasmo. Ambas instituciones compartían un mismo ADN: la creencia de que la diplomacia multilateral y las reglas internacionales podrían domesticar los apetitos imperialistas de las grandes potencias.
Hoy, más de 75 años después de la fundación de la ONU, esa ilusión se desmorona ante nuestros ojos. No porque sea ingenua, sino porque estaba construida sobre una contradicción fundamental: esperábamos que las naciones más poderosas se autolimitaran mediante instituciones que ellas mismas creaban y controlaban. Es como pedirle a un león que redacte las normas del zoológico.
El patrón que se repite
La historia es prolija en ejemplos. La Sociedad de Naciones no pudo frenar a Italia en Etiopía, a Japón en Manchuria, ni a Alemania en su expansión territorial. Fue un fracaso tan espectacular que algunos historiadores consideran su existencia prácticamente irrelevante en los eventos que precipitaron la Segunda Guerra Mundial. Luego vino la ONU, con mayor sofisticación institucional, mejor financiamiento y mejores intenciones. ¿Resultado? Vietnam, Irak, Afganistán, Siria, Ucrania. Una lista de conflictos donde las potencias imperiales hicieron lo que quisieron, mientras el Consejo de Seguridad se paralizaba con vetoes cruzados.
El patrón es demasiado consistente para ser coincidencia. Cuando los intereses de Estados Unidos, Rusia o China están en juego, la ONU se convierte en un teatro de retórica diplomática donde cada potencia justifica lo injustificable. El derecho internacional se aplica selectivamente: hay invasiones que merecen sanciones y hay invasiones que merecen silencio cómplice.
La lección de América Latina
Para quienes vivimos en América Latina, esta realidad no es abstracta. Hemos sido el laboratorio experimental del imperialismo occidental durante más de un siglo. Golpes de estado respaldados por Washington, guerras civiles financiadas desde el extranjero, intervenciones militares directas. La ONU se limitó a observar, a condenar en resoluciones no vinculantes, a redactar documentos que nadie cumplía.
Cuba en 1961, Chile en 1973, Granada en 1983, Honduras en 2009. En cada caso, la comunidad internacional expresó preocupación. Apenas algo más. Las instituciones multilaterales funcionaron como validadoras de un orden ya establecido, nunca como fuerzas capaces de alterarlo.
¿Qué falla realmente?
Algunos argumentan que el problema es la estructura del Consejo de Seguridad, donde cinco naciones tienen poder de veto. Otros señalan la falta de financiamiento real para las operaciones de paz. Pero quizás el verdadero problema sea más fundamental: estamos pidiendo a instituciones fundadas sobre la soberanía estatal que limiten a los estados soberanos más poderosos. Es una contradicción ontológica.
La verdad incómoda que las organizaciones internacionales nunca admitirán es que su existencia depende de la tolerancia de las potencias imperiales. Son útiles para manejar conflictos entre actores secundarios, para generar legitimidad internacional, para crear la ilusión de un orden internacional. Pero cuando está en juego el poder real, desaparecen.
Una pregunta sin respuesta fácil
¿Es posible crear instituciones capaces de frenar el imperialismo? Probablemente no, mientras ese imperialismo sea ejercido por los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. ¿Debería existir la ONU entonces? Quizás sí, pero siendo honesto sobre sus límites. Es mejor tener un instrumento imperfecto que nada, especialmente para los países pequeños que buscan algún nivel de protección internacional.
Lo que sí es urgente es dejar de fingir que la ONU puede resolver conflictos donde intervienen potencias globales. Esa mentira nos paraliza. Nos hace creer que el sistema está funcionando cuando en realidad está colapsando. Y mientras nosotros en el Sur Global esperamos que Nueva York redacte resoluciones, los imperios modernos escriben su propia historia con armas.
Hacia una honestidad incómoda
Necesitamos instituciones multilaterales, pero honestas. Organismos que reconozcan su propia limitación y que trabajen dentro de ella. Que protejan a los débiles de los fuertes cuando sea posible, pero que no pretenda ser algo que no puede ser: el policía que detiene a los mismos oligarcas que la crearon.
Mientras tanto, seguiremos observando cómo el juego internacional continúa bajo reglas que favorecen a quienes pueden romperlas impunemente. Y las instituciones multilaterales seguirán condenando, documentando y, finalmente, tolerando.
Quizás es hora de que reconozcamos esto no como fracaso sino como realidad estructural. Solo así podremos construir alternativas verdaderas.
Información basada en reportes de: Jornada.com.mx