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¿Pueden las instituciones globales frenar el imperialismo? Una pregunta incómoda

Desde la Sociedad de Naciones hasta la ONU, las instituciones multilaterales han fracasado en detener conflictos de potencias hegemónicas. ¿Es un defecto de diseño o una característica del sistema?
¿Pueden las instituciones globales frenar el imperialismo? Una pregunta incómoda

¿Pueden las instituciones globales frenar el imperialismo? Una pregunta incómoda

Cuando miramos el siglo XX y lo que va del XXI, emerge una pregunta que incomoda a quienes creen en el multilateralismo como solución: ¿realmente las grandes organizaciones internacionales han impedido que las potencias económicas persigan sus intereses mediante la violencia? La respuesta honesta obliga a examinar los hechos sin romanticismo.

La Sociedad de las Naciones nació en 1920 con la promesa de evitar nuevas guerras mundiales. Apenas dos décadas después, fracasó estrepitosamente. No pudo contener a Japón en Manchuria, no detuvo a Italia en Etiopía, y observó impotente cómo Alemania rearmaba Occidente. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, la institución se reveló como lo que siempre fue: un club de ganadores que legitimaba su propio poder.

Tras ese desastre, surgió la Organización de las Naciones Unidas en 1945. Su Carta prometía mantener la paz internacional y resolver conflictos mediante la razón. Sin embargo, los primeros años fueron tan reveladores como vergonzosos: mientras el organismo debatía, Estados Unidos intervino en Corea, Vietnam, Camboya y Laos. La Unión Soviética hizo lo propio en Hungría, Checoslovaquia y Afganistán. Potencias secundarias como Francia, Gran Bretaña y después Israel actuaron con impunidad contra enemigos débiles.

Para América Latina, esta realidad fue particularmente brutal. Cuando Guatemala intentó una reforma agraria en 1954, la CIA orquestó un golpe de Estado que la ONU no pudo—o no quiso—evitar. Lo mismo ocurrió en 1973 en Chile, cuando el golpe de Pinochet, respaldado por Washington, derrumbó una democracia mientras el organismo internacional guardaba silencio. Honduras, El Salvador, Nicaragua: la lista de intervenciones durante la Guerra Fría es extensa. Las instituciones multilaterales existían, pero su impotencia ante la realidad del poder era evidente.

El patrón que se repite

¿Cuál es el hilo conductor? Observemos: cada vez que una potencia hegemónica decide que sus intereses están en juego, la arquitectura institucional simplemente cede. Durante la Guerra Fría, el Consejo de Seguridad de la ONU se paralizaba porque ambas superpotencias tenían poder de veto. Luego, tras 1991, vimos cómo Estados Unidos con su veto—o simplemente sin presentar ciertos casos al Consejo—actuaba en Yugoslavia, Irak, Afganistán y Siria con una libertad que ninguna organización cuestionaba realmente.

Rusia hizo lo análogo en Georgia y Ucrania. China desarrolla su poder económico con intervenciones que la comunidad internacional deplora pero tolera. Mientras tanto, potencias medianas son sometidas a sanciones internacionales por acciones menores. La arquitectura no es neutral; sirve a quienes controlan los votos decisivos.

¿Es culpa del diseño o del sistema?

Aquí surge la pregunta fundamental: ¿las instituciones fallan porque están mal diseñadas, o funcionan exactamente como fueron creadas? La respuesta incómoda es la segunda. La ONU fue diseñada por vencedores de la Segunda Guerra Mundial que quisieron preservar su poder. El veto permanente en el Consejo de Seguridad no es un error, es la intención. Las instituciones internacionales reflejan las relaciones de poder existentes; no las crean, no las controlan.

El economista y teórico político que argumentaba que el imperialismo no era un accidente sino una consecuencia estructural del capitalismo avanzado—donde la acumulación de capital requiere la expansión geopolítica constante—no estaba siendo pesimista, sino realista. Las instituciones multilaterales pueden facilitar cooperación técnica, acordar convenciones sobre derechos humanos o coordinar respuestas a pandemias. Eso es valioso. Pero pedirles que frenen a un poder hegemónico decidido a expandirse es pedirles que contradigan su propia razón de ser.

Lecciones para Latinoamérica

¿Qué debe aprender nuestra región de esto? Que la seguridad y la soberanía no se construyen confiando exclusivamente en instituciones que otros controlan. Que la integración regional genuina—no ceremonial—es más importante que las promesas multilaterales. Que la autonomía estratégica requiere diversificación de alianzas y capacidad propia de respuesta.

No se trata de renunciar al multilateralismo, sino de verlo con los ojos abiertos: como una herramienta útil en ciertos contextos, pero nunca como garantía contra la violencia de quienes ostentan el poder real.

La pregunta que debemos hacernos no es si las instituciones pueden frenar al imperialismo. Es cómo construimos poder suficiente para no necesitar que lo hagan.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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