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Los negocios presionan por mantener el T-MEC ante escepticismo de Trump

Mientras la administración estadounidense cuestiona la utilidad del tratado comercial, empresarios de ambos lados de la frontera advierten sobre los riesgos de desmantelarlo.
Los negocios presionan por mantener el T-MEC ante escepticismo de Trump

El dilema comercial de América del Norte: ¿renovar o renegociar?

La incertidumbre rodea el futuro del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Aunque apenas tiene tres años en vigor, ya enfrenta presiones políticas que podrían transformar fundamentalmente las relaciones comerciales de la región. Para millones de trabajadores y consumidores en Latinoamérica, esta tensión comercial tiene consecuencias muy reales en sus bolsillos.

La situación es paradójica: mientras la administración estadounidense publica documentos cuestionando la efectividad del tratado, el sector empresarial de Estados Unidos sale en su defensa. Este contraste revela una división profunda sobre cómo gestionar el comercio internacional en tiempos de nacionalismo económico.

¿Qué está en juego para México y la región?

Para entender por qué esto importa, hay que recordar que el T-MEC sustituyó al TLCAN en julio de 2020. El nuevo tratado modificó reglas que afectaban directamente a trabajadores, productores agrícolas y consumidores. México, como economía más pequeña en la negociación, quedó en una posición vulnerable.

Los números hablan por sí solos: México exporta alrededor del 80% de sus ventas internacionales hacia Estados Unidos. Cualquier cambio en las reglas comerciales impacta directamente en empleos, precios de productos básicos y la capacidad de pequeñas y medianas empresas para competir. Las importaciones estadounidenses también llegan a mercados latinoamericanos, afectando precios locales.

¿Por qué los empresarios quieren mantener el status quo?

Aunque imperfecto, el T-MEC ha permitido predecibilidad. Las cadenas de suministro se reorganizaron según sus reglas, las inversiones se ejecutaron bajo sus términos, y muchas empresas construyeron modelos de negocio dependiendo de su marco regulatorio.

Para el sector empresarial estadounidense, especialmente en manufactura, energía y agricultura, renegociar significa riesgo. Una nueva ronda de negociaciones podría resultar en términos menos favorables, aranceles más altos o regulaciones más restrictivas. Además, el tiempo de negociación es tiempo sin certeza, y en economía, la incertidumbre cuesta dinero.

Las compañías automotrices estadounidenses, por ejemplo, dependen de cadenas de producción que cruzan las tres naciones. Desmantelar o cambiar radicalmente el tratado podría aumentar costos, encareciendo los vehículos para consumidores estadounidenses.

Las preocupaciones de la administración Trump

El escepticismo expresado por la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos se centra en argumentos sobre déficit comercial y protección de industrias nacionales. La premisa es que el tratado no protege suficientemente los intereses estadounidenses frente a México y Canadá.

Sin embargo, estos argumentos ignoran la naturaleza de las cadenas globales modernas. El comercio ya no es un juego de suma cero donde uno gana y otro pierde. Las economías están entrelazadas: componentes fabricados en México se ensamblan en Estados Unidos, se venden en Canadá y llegan a consumidores en toda América.

Impacto en América Latina y el Caribe

Para países latinoamericanos fuera del T-MEC, una renovación o renegociación afecta indirectamente. Si México logra mantener acceso preferencial a mercados estadounidenses, su competitividad aumenta, lo que presiona a proveedores regionales. Inversiones que podrían dirigirse a Brasil o Colombia pueden concentrarse en México si sus condiciones comerciales son más ventajosas.

Además, la volatilidad comercial en el norte desincentiva inversiones en toda la región. Los fondos internacionales buscan estabilidad; la incertidumbre sobre reglas comerciales los ahuyenta.

¿Qué sigue ahora?

El tratado contiene cláusulas de revisión. Dentro de algunos años, las partes pueden renegociar capítulos específicos. La pregunta es si esa renegociación será ordenada y constructiva, o si será combativa y destructiva.

Para trabajadores mexicanos, pequeños empresarios, agricultores y consumidores, el mejor escenario es un tratado mejorado pero estable. Los cambios deberían beneficiar a trabajadores, no solo a corporaciones; deberían proteger el ambiente; deberían permitir pequeños negocios participar, no solo gigantes multinacionales.

Por ahora, la presión empresarial mantiene en el aire la posibilidad de renovación. Pero en un contexto de nacionalismo económico global, ningún acuerdo comercial está verdaderamente seguro.

Información basada en reportes de: Jornada.com.mx

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