La ilusión de la independencia energética
México vive una paradoja incómoda. Mientras sus autoridades aseguran públicamente que los conflictos geopolíticos en el Golfo Pérsico no representan amenaza alguna para el abastecimiento de combustibles, las instituciones responsables implementan silenciosamente medidas que cuentan una historia muy diferente. Esta desconexión entre lo que se dice y lo que se hace es más que un ejercicio de comunicación política fallida; es un síntoma de una crisis estructural que hemos ignorado deliberadamente.
Durante décadas, México confió en una narrativa reconfortante: somos productores de petróleo, tenemos acceso directo a hidrocarburos, nuestra seguridad energética está garantizada. Esa narrativa colapsó hace años, pero apenas ahora, enfrentados a eventos que suceden a miles de kilómetros, comenzamos a cuestionarla. La realidad es que México depende de importaciones de gasolina y diésel de manera crítica, y esa dependencia nos sitúa en una posición de vulnerabilidad que los conflictos internacionales pueden explotar sin piedad.
Las grietas en la estructura de Pemex
La Petróleos Mexicanos que heredamos es una sombra del gigante petrolero que fue. Con refinerías operando muy por debajo de capacidad, infraestructura envejecida y una inversión que se ha contraído significativamente en los últimos años, Pemex opera más como administrador de un legado que como generador de soluciones. Cuando las tensiones en Medio Oriente se escalan—como sucede regularmente con Irán, Israel y sus múltiples aliados—los mercados internacionales de petróleo se tensan, los precios se volatilizan, y naciones como la nuestra, que no pueden sostener su demanda con producción propia, quedan expuestas a los caprichos del mercado global.
Lo más revelador no es simplemente que la crisis sea posible. Lo revelador es que Pemex, a través de sus decisiones operativas reales, reconoce esta vulnerabilidad constantemente. Cada ajuste en la programación de importaciones, cada contingencia preparada, cada acuerdo silencioso con proveedores internacionales, contradice el mensaje tranquilizador que se emite desde comunicación oficial. Esto no es incompetencia; es, paradójicamente, un reconocimiento involuntario de la realidad.
Contexto regional: una lección no aprendida
América Latina tiene memoria de lo que significan las disrupciones energéticas. Venezuela, que una vez fue poder petrolero regional, demostró cómo la dependencia de un producto sin diversificación industrial es un camino hacia la contracción económica. Brasil invirtió en exploración marina y en energías alternativas. Colombia diversificó su matriz energética. México, por su parte, optó por el discurso sin acompañarlo de transformaciones estructurales profundas.
Un conflicto significativo en Medio Oriente no tendría por qué afectar a México si contáramos con refinerías operativas, con una matriz de importación diversificada, o con inversiones serias en energías renovables. Pero no es así. Nuestras decisiones de política energética de los últimos lustros nos han dejado en una posición donde no solo dependemos del mercado internacional, sino donde dependemos de su estabilidad.
La pregunta incómoda que debemos hacer
¿Cuánto tiempo más podemos permitirnos mantener esta ficción de seguridad energética mientras construimos contingencias para realidades que negamos públicamente? La respuesta es: no mucho más. Los mercados de energía se están transformando. Las fuentes de incertidumbre geopolítica no disminuyen; se multiplican. Y México sigue teniendo la misma capacidad de respuesta que hace diez años: escasa.
Lo que necesitamos no es un comunicado más tranquilizador. Necesitamos un reconocimiento público y honesto de dónde estamos realmente, y un plan de transición energética que sea creíble, medible y comprometido. Necesitamos inversión en refinerías mexicanas que reduzcan la dependencia de importaciones. Necesitamos acelerar la transición a energías renovables. Necesitamos diversificar nuestras fuentes de suministro de combustibles fósiles si vamos a seguir dependiendo de ellos.
La ironía amarga es que los conflictos en Medio Oriente no van a dejarnos secos de combustible porque decidan hacerlo. Nos dejarán secos porque, deliberadamente, no construimos la infraestructura que nos hubiera permitido resistir. Y mientras tanto, en las oficinas de Pemex y en los despachos de las secretarías de estado, alguien sabe exactamente cuán frágil es el hilo sobre el que caminamos. El resto de México apenas comienza a enterarse.
Información basada en reportes de: El Financiero